Su gran proeza fue liberar el territorio del dominio haitiano y fundar, sobre la base de valores democráticos, una república libre, soberana e independiente.

Ese sueño, en parte, quedó cristalizado en una Constitución que proclamó el derecho de la nueva nación a la libre determinación de sus ideales y al diseño de un Estado de pluripoderes que garantizara una coexistencia civilizada con apego a la ley, en base a un marco jurídico que, para su época, era avanzado, progresista y humanista.

Pese a ser el padre de la República, los dominicanos siguen en deuda con su legado, habiéndose divorciado, en distintas etapas sucesivas a la gesta de la independencia, del objetivo patriótico supremo de fortalecer una identidad nacional, plasmada en símbolos y principios propios para una vida en libertad sin sujeción a poderes o costumbres extrañas.

A 208 años de su nacimiento, el país necesita parir otro Juan Pablo Duarte que restaure y fortalezca los valores concernidos en el juramento de la sociedad La Trinitaria, incubadora política y moral de la nueva nación, frente a la progresiva devaluación de los deberes e ideales que nos dieron origen.

Así como los trinitarios no querían que el país viviera bajo un yugo político, militar y cultural ajeno a su idiosincrasia, los herederos de su epopeya deben resistir los intentos de usurpación del territorio, la imposición de acuerdos que enajenan su soberanía, la devaluación de nuestras leyes de migración y ciudadanía y el atropello, cual que sea su forma, de los símbolos patrios.

Sabemos que el concepto o noción de soberanía ha perdido sus esencias en un mundo globalizado, pero aun así existen países que hacen valer su orgullo nacionalista, la inviolabilidad de sus fronteras y el derecho a la autodeterminación.

El hecho de que se haya producido un maniqueísmo legal para mover el homenaje nacional a Duarte a otro día que no es el de su cumpleaños, es un claro ejemplo de ruptura con la tradición.

Una falta semejante al que se perpetra cuando se permite el despliegue de los símbolos patrios adulterados o cuando las efemérides independentistas dejan de tener valor en la conciencia de muchos.

Por eso es que necesitamos otro Duarte que venga a liberarnos del desmadre de las prácticas que han ido zarandeando la institucionalidad dándole cabida, sin medir sus consecuencias, a las tendencias antinacionales que deforman los rasgos característicos de nuestra identidad.

Fuente: Listín Diario